Partiendo de que la sexualidad es una expresión de la personalidad, posee igualmente el carácter singular e irrepetible inherente a la misma y que como abstracción humana no puede escapar del contexto sociocultural e histórico en el que se construye (OMS, 2000; citado en Escobar, González-Arriata & Valdez, 2016). La sexualidad es una categoría transversalizada por el género, la orientación y la identidad sexual per sé, el erotismo, el romanticismo o amor de pareja, el apego emocional y la capacidad reproductiva. Incluso se matiza por aspectos racializados que derivan de estereotipos formados y reproducidos sobre la base de etnias y colores de la piel, en asociación al desempeño sexual, características de los órganos genitales y otras zonas erógenas, manerismos, o hasta el ideal de persona físicamente atractiva. Desde una perspectiva psicológica, la imagen corporal adquiere gran importancia y tiene vínculo estrecho con la autoestima, ya que el adolescente con un físico atlético es más aceptado por sus iguales de acuerdo a los estereotipos culturales, mientras que los que tienen una imagen categorizada de desfavorable (obesidad, acné, bajo peso), pueden sufrir bullying y ser discriminados en su grupo y/o rechazados por el sexo opuesto, situación que pudiera devenir en retraimiento social, timidez o incluso conductas agresivas. Las manifestaciones de la sexualidad son en parte observables mediante el ejercicio de la conducta, la comunicación verbal y no verbal, la imagen, así como elementos más subjetivos en los que van involucrados los sistemas de necesidades, motivos y creencias, intereses cognoscitivos y profesionales, actitudes, etc.; y se aborda igualmente desde las tres dimensiones en que se considera al ser humano: biológica-psicológica-social.
A pesar de las constantes campañas a nivel nacional para la educación en sexualidad del pueblo, la prevención no es suficiente. Se requieren programas de sensibilización e instrucción sobre la tolerancia y aceptación de la diversidad, lo que incluye no solamente una visión equitativa en cuanto a género, sino también lo referente a orientación e identidades sexuales. Niños y adolescentes deben ser educados sobre sexualidad de manera clara y directa sin que ello incurra en una aceleración forzosa del desarrollo en este ámbito. Esto es, conocer el derecho pleno sobre sus cuerpos, a la privacidad, al espacio personal y psicológico seguros de cara a los adultos y los iguales. En la edad escolar se introducen científicamente los conceptos vinculados al cuerpo humano y se alude a los genitales y los órganos sexuales solamente como componentes fundamentales para el exitoso funcionamiento y logro de una de las etapas por las que transita todo ser vivo: la reproducción. De esta manera no se toman en cuenta las inquietudes cognoscitivas de estudiantes en etapa de desarrollo más avanzada que la determinada por la edad cronológica (púberes aun no considerados adolescentes), y al ser un tema tabú no les queda alternativa salvo que plantearse incógnitas y respuestas entre ellos mismos.
El trabajo interventivo precisa de mayor énfasis en la educación sexual atendiendo a la individualidad, si no entonces ¿qué sucedería con las niñas, niños, adolescentes y jóvenes que no son heterosexuales, no se identifican con el género presumible por su sexuación o que, de hecho, tampoco sienten suyos sus genitales? Estas personas son igualmente merecedoras de respeto y aceptación, por lo que requieren, para el desarrollo sano de sus personalidades y correcta socialización con los otros, que la educación sexual en el ámbito público y privado trate contenidos menos estereotipados y sancionadores (prejuiciados, tratamiento estigmatizado del otro como precedentes para los crímenes de odio), que disminuya la censura a la hora de referirse al comportamiento o características que se catalogan como “desviadas” y se cree, en la sociedad, un marco de referencia comparativo en el orden de las cualidades personales, las competencias y los valores en lugar de las preferencias e identidades sexuales de la gente que la conforma. Priorizar el respeto al derecho ajeno y la visibilización positiva de las individualidades deber ser hoy y de ahora en más, prioritario en todo ámbito educativo y de socialización.
Los niños nacen con órganos sexuales capacitados para sentir placer y las primeras experiencias al respecto son reprimidas por los adultos, de manera que las tempranas y accidentales conductas de autocomplacencia son extinguidas del comportamiento del menor. Con la pubertad, se enseña a las niñas y adolescentes mujeres la necesidad de protegerse y preservar la virginidad, esto segundo menos intencionado en los varones, a diferencia de lo primero. Es mandatorio, por supuesto, aludir en este tema al embarazo precoz en la etapa de la adolescencia, pues a raíz de los procesos desencadenados por la pubertad y la maduración sexual, es típico de la edad que se incursione en las relaciones de pareja y en los vínculos coitales. Lamentablemente no siempre se siguen los consejos de uso preventivo de dispositivos anticonceptivos, o del condón como profiláctico de cara a ello y como protección ante el contagio de infecciones de transmisión sexual (ITS); esto a pesar de los constantes mensajes propagandísticos y publicitarios que apoyan a mayor escala las prácticas de educación sexual. He aquí un factor de riesgo estrechamente asociado también a la promiscuidad de las relaciones románticas durante la adolescencia (aunque no exclusivas de este estadio psicológico), pues tienden a carecer de estabilidad y selectividad. La intensificación de las necesidades de aceptación y reconocimiento recibidos por el grupo de coetáneos es un fuerte condicionante de la conducta adolescente y del desarrollo de su personalidad porque influyen en su autovaloración y en efecto, en la confirmación de su identidad personal; elemento muchas veces impulsor de las primeras experiencias sexuales y en no poca medida, precoces.
La sobrevaloración y permisividad otorgadas a la promiscuidad de adolescentes y jóvenes hombres (y masculinos como configuración de género ponderada por la sociedad falocéntrica todavía vigente), en oposición a la victimización y pasividad con que se educa a las niñas y adolescentes mujeres por su condición biológica (pérdida de virginidad, gestación), provocan constantemente que las mujeres y los hombres crezcan y enfrenten experiencias sexuales con predisposiciones diferentes, así como recursos pobremente adquiridos. Un ejemplo de ello, encuadrado en la esperada relación heteronormativa, es la sutil o manifiesta prohibición a las chicas para tener novio durante la adolescencia, pero la posterior exigencia y cuestionamiento ante la ausencia de una relación romántica estable durante la edad adulta. También existen muchos prejuicios y censura acerca de la masturbación, lo que en muchos casos conduce al conocimiento tardío de la mujer sobre sí misma y su cuerpo, la imposibilidad de socializar sobre estos temas de la intimidad con sus parejas sexuales, experiencias orgásmicas inexistentes o ambivalencia por la búsqueda del placer que pudieran ocasionar trastornos de la sexualidad. En cuanto a los hombres, por la demanda patriarcal se determina que debe demorar en establecer vínculos profundos y duraderos con la pareja, pues a mayor cantidad de parejas sexuales o románticas, mayor percepción de experiencia y virilidad. También por la relación de poder que encarna el vínculo sexual, le es asignado al hombre el rol de proveedor o decisor, el proactivo, conquistador, en contraste con la pasividad y subordinación de la mujer. Socialmente se observa una suerte de superposición entre los términos “dama y mujer” y “hombre y macho”, reiterando, claro está, la moral convencional y heteronormativa.
En las investigaciones que siguen una visión de género, se han obtenido resultados que develan la repetición de ciertos fenómenos sociales. Entre ellos figura la reproducción de estereotipos sexistas en los ámbitos escolar, profesional, familiar, sexual e inequidades de género (Peñate, Semanat y Del Risco; 2020), detectadas comúnmente como sobrecarga de rol doméstico atribuido a mujeres y el de proveedor del hogar para los hombres, lo que genera una relación asimétrica y de dependencia de la mujer. Además, la violencia de género continúa siendo un problema no solamente en su forma física, sino psicológica, verbal, a manera de acoso en los espacios público y privado. La maternidad adolescente o no planificada y las interrupciones de gestación (también presentes en parejas jóvenes), a pesar de que el sistema de salud en Cuba otorga atención especializada y gratuita para ambas opciones, representan episodios de alto riesgo biológico y psicoemocional; de igual forma repercute el nacimiento de hijos no deseados y bajo condiciones insuficientes para la crianza adecuada, así como el diagnóstico positivo de enfermedades de transmisión sexual y todo ello se adjudica al carácter poco responsable de las relaciones coitales (Álvarez, 2014; citado por Peñate et.al., 2020). En cuanto a las poblaciones jóvenes, se declara el aumento de las relaciones de hecho o consensuadas y la disminución considerable de los proyectos de vida en conjunto, aunque van paulatinamente gestándose intereses comunes cuando avanza la edad. En consecuencia, por otra parte, se evidencia la postergación de formalizaciones y la creación de familia propia. En estos casos muchas veces las causas se deben a no contar con condiciones materiales mínimas para ello, por ejemplo, la no disponibilidad de espacio para vivienda y logro de la independencia (incluyendo economía) y en caso de avanzar hacia la etapa del ciclo vital concerniente al matrimonio, ocurre frecuentemente la convivencia de varias generaciones en un mismo hogar.
La familia es el primer grupo donde los seres humanos establecen relaciones interpersonales significativas. Resultan diversos los aspectos que influyen en la formación y desarrollo psicológico del futuro adulto, ya que el ser humano se encuentra plurideterminado por factores biopsicosociales; sin embargo, numerosos autores aseveran que la familia ocupa un papel decisivo en la consecución de un ambiente afectivo y educativo favorable a la etapa del desarrollo por la que transite el individuo. Por otra parte, para Forttes (citado por Placeres & De León, 2011) la familia es considerada como “el espacio donde se estructuran las primeras relaciones intergeneracionales y de género, se desarrollan pautas morales y sociales de conducta donde se vive la gratuidad, la solidaridad y la cooperación, en concordancia con el desarrollo individual y la realización personal.” (pp. 2).
Desde antes del nacimiento de los niños, la familia atribuye a estos un conjunto de expectativas, patrones de crianza y otros factores relacionados al género que se supone adopte futuramente la criatura, en función del sexo determinado biológicamente. La educación en el seno familiar, que se combina posteriormente con la educación escolar y el contexto socio-histórico en el que se desarrollan, sienta las bases sobre las que se edifica gradualmente la identidad personal de cada quien. Los primeros modelos a seguir en el proceso de socialización son las personas que conviven con ellos en el hogar, como los padres (que son las figuras principales), abuelos o tíos en una familia multigeneracional. Dichos modelos se reflejan en su comportamiento con el medio exterior. Según Bandura (1970, citado por Estrada, 2015), los estilos educativos y comportamentales son aprendidos por imitación: por ejemplo, cuando un progenitor violenta a algún miembro de la familia a los niños puede no agradarles, pero es muy común que cuando estos formen su propia familia lo repitan.
La heterogeneidad inherente a las familias puede facilitar la participación, en la crianza y sistemas de actividad y comunicación de los niños y adolescentes, de miembros alejados de lo prototípica y convencionalmente juzgado como “normal”, y son estos espacios de aprendizaje que la familia debe saber aprovechar de cara a la educación en valores como la tolerancia, la aceptación y el respeto a la diversidad, además de la admiración de su riqueza. De lo contrario, las actitudes inadecuadas de los padres (cuidadores fundamentales) como los desacuerdos en cuanto a los métodos educativos o transmisión de prejuicios, influyen negativamente en la crianza de los hijos, sobre todo si los hijos se autoperciben compartiendo características de aquellos miembros a los que se rechaza y evalúa negativamente. Si los adultos son inconsistentes en el planteamiento de las normas y reglas establecidas desde las edades tempranas, puede acarrear confusiones y actitudes desafiantes que se tornan más marcadas en el período de la adolescencia por las características propias de la etapa; o en un grado menos favorable, el clima familiar conflictivo o la inseguridad sentida por el menor pudieran provocar la formación de rasgos neuróticos y desencadenar alteraciones potencialmente psicopatógenas en el individuo (Anciano, Cano, Llerena, & Zaldívar, 2012). Más de una vez, el daño se ha manifestado como oposición de la autoimagen con la heteroimagen, desembocando en un fraccionamiento identitario y un sentido de pertenencia negativo.
Partiendo de que la sexualidad es una expresión de la personalidad, posee igualmente el carácter singular e irrepetible inherente a la misma y que como abstracción humana no puede escapar del contexto sociocultural e histórico en el que se construye (OMS, 2000; citado en Escobar, González-Arriata & Valdez, 2016). La sexualidad es una categoría transversalizada por el género, la orientación y la identidad sexual per sé, el erotismo, el romanticismo o amor de pareja, el apego emocional y la capacidad reproductiva. Incluso se matiza por aspectos racializados que derivan de estereotipos formados y reproducidos sobre la base de etnias y colores de la piel, en asociación al desempeño sexual, características de los órganos genitales y otras zonas erógenas, manerismos, o hasta el ideal de persona físicamente atractiva. Desde una perspectiva psicológica, la imagen corporal adquiere gran importancia y tiene vínculo estrecho con la autoestima, ya que el adolescente con un físico atlético es más aceptado por sus iguales de acuerdo a los estereotipos culturales, mientras que los que tienen una imagen categorizada de desfavorable (obesidad, acné, bajo peso), pueden sufrir bullying y ser discriminados en su grupo y/o rechazados por el sexo opuesto, situación que pudiera devenir en retraimiento social, timidez o incluso conductas agresivas. Las manifestaciones de la sexualidad son en parte observables mediante el ejercicio de la conducta, la comunicación verbal y no verbal, la imagen, así como elementos más subjetivos en los que van involucrados los sistemas de necesidades, motivos y creencias, intereses cognoscitivos y profesionales, actitudes, etc.; y se aborda igualmente desde las tres dimensiones en que se considera al ser humano: biológica-psicológica-social.
A pesar de las constantes campañas a nivel nacional para la educación en sexualidad del pueblo, la prevención no es suficiente. Se requieren programas de sensibilización e instrucción sobre la tolerancia y aceptación de la diversidad, lo que incluye no solamente una visión equitativa en cuanto a género, sino también lo referente a orientación e identidades sexuales. Niños y adolescentes deben ser educados sobre sexualidad de manera clara y directa sin que ello incurra en una aceleración forzosa del desarrollo en este ámbito. Esto es, conocer el derecho pleno sobre sus cuerpos, a la privacidad, al espacio personal y psicológico seguros de cara a los adultos y los iguales. En la edad escolar se introducen científicamente los conceptos vinculados al cuerpo humano y se alude a los genitales y los órganos sexuales solamente como componentes fundamentales para el exitoso funcionamiento y logro de una de las etapas por las que transita todo ser vivo: la reproducción. De esta manera no se toman en cuenta las inquietudes cognoscitivas de estudiantes en etapa de desarrollo más avanzada que la determinada por la edad cronológica (púberes aun no considerados adolescentes), y al ser un tema tabú no les queda alternativa salvo que plantearse incógnitas y respuestas entre ellos mismos.
El trabajo interventivo precisa de mayor énfasis en la educación sexual atendiendo a la individualidad, si no entonces ¿qué sucedería con las niñas, niños, adolescentes y jóvenes que no son heterosexuales, no se identifican con el género presumible por su sexuación o que, de hecho, tampoco sienten suyos sus genitales? Estas personas son igualmente merecedoras de respeto y aceptación, por lo que requieren, para el desarrollo sano de sus personalidades y correcta socialización con los otros, que la educación sexual en el ámbito público y privado trate contenidos menos estereotipados y sancionadores (prejuiciados, tratamiento estigmatizado del otro como precedentes para los crímenes de odio), que disminuya la censura a la hora de referirse al comportamiento o características que se catalogan como “desviadas” y se cree, en la sociedad, un marco de referencia comparativo en el orden de las cualidades personales, las competencias y los valores en lugar de las preferencias e identidades sexuales de la gente que la conforma. Priorizar el respeto al derecho ajeno y la visibilización positiva de las individualidades deber ser hoy y de ahora en más, prioritario en todo ámbito educativo y de socialización.
Los niños nacen con órganos sexuales capacitados para sentir placer y las primeras experiencias al respecto son reprimidas por los adultos, de manera que las tempranas y accidentales conductas de autocomplacencia son extinguidas del comportamiento del menor. Con la pubertad, se enseña a las niñas y adolescentes mujeres la necesidad de protegerse y preservar la virginidad, esto segundo menos intencionado en los varones, a diferencia de lo primero. Es mandatorio, por supuesto, aludir en este tema al embarazo precoz en la etapa de la adolescencia, pues a raíz de los procesos desencadenados por la pubertad y la maduración sexual, es típico de la edad que se incursione en las relaciones de pareja y en los vínculos coitales. Lamentablemente no siempre se siguen los consejos de uso preventivo de dispositivos anticonceptivos, o del condón como profiláctico de cara a ello y como protección ante el contagio de infecciones de transmisión sexual (ITS); esto a pesar de los constantes mensajes propagandísticos y publicitarios que apoyan a mayor escala las prácticas de educación sexual. He aquí un factor de riesgo estrechamente asociado también a la promiscuidad de las relaciones románticas durante la adolescencia (aunque no exclusivas de este estadio psicológico), pues tienden a carecer de estabilidad y selectividad. La intensificación de las necesidades de aceptación y reconocimiento recibidos por el grupo de coetáneos es un fuerte condicionante de la conducta adolescente y del desarrollo de su personalidad porque influyen en su autovaloración y en efecto, en la confirmación de su identidad personal; elemento muchas veces impulsor de las primeras experiencias sexuales y en no poca medida, precoces.
La sobrevaloración y permisividad otorgadas a la promiscuidad de adolescentes y jóvenes hombres (y masculinos como configuración de género ponderada por la sociedad falocéntrica todavía vigente), en oposición a la victimización y pasividad con que se educa a las niñas y adolescentes mujeres por su condición biológica (pérdida de virginidad, gestación), provocan constantemente que las mujeres y los hombres crezcan y enfrenten experiencias sexuales con predisposiciones diferentes, así como recursos pobremente adquiridos. Un ejemplo de ello, encuadrado en la esperada relación heteronormativa, es la sutil o manifiesta prohibición a las chicas para tener novio durante la adolescencia, pero la posterior exigencia y cuestionamiento ante la ausencia de una relación romántica estable durante la edad adulta. También existen muchos prejuicios y censura acerca de la masturbación, lo que en muchos casos conduce al conocimiento tardío de la mujer sobre sí misma y su cuerpo, la imposibilidad de socializar sobre estos temas de la intimidad con sus parejas sexuales, experiencias orgásmicas inexistentes o ambivalencia por la búsqueda del placer que pudieran ocasionar trastornos de la sexualidad. En cuanto a los hombres, por la demanda patriarcal se determina que debe demorar en establecer vínculos profundos y duraderos con la pareja, pues a mayor cantidad de parejas sexuales o románticas, mayor percepción de experiencia y virilidad. También por la relación de poder que encarna el vínculo sexual, le es asignado al hombre el rol de proveedor o decisor, el proactivo, conquistador, en contraste con la pasividad y subordinación de la mujer. Socialmente se observa una suerte de superposición entre los términos “dama y mujer” y “hombre y macho”, reiterando, claro está, la moral convencional y heteronormativa.
En las investigaciones que siguen una visión de género, se han obtenido resultados que develan la repetición de ciertos fenómenos sociales. Entre ellos figura la reproducción de estereotipos sexistas en los ámbitos escolar, profesional, familiar, sexual e inequidades de género (Peñate, Semanat y Del Risco; 2020), detectadas comúnmente como sobrecarga de rol doméstico atribuido a mujeres y el de proveedor del hogar para los hombres, lo que genera una relación asimétrica y de dependencia de la mujer. Además, la violencia de género continúa siendo un problema no solamente en su forma física, sino psicológica, verbal, a manera de acoso en los espacios público y privado. La maternidad adolescente o no planificada y las interrupciones de gestación (también presentes en parejas jóvenes), a pesar de que el sistema de salud en Cuba otorga atención especializada y gratuita para ambas opciones, representan episodios de alto riesgo biológico y psicoemocional; de igual forma repercute el nacimiento de hijos no deseados y bajo condiciones insuficientes para la crianza adecuada, así como el diagnóstico positivo de enfermedades de transmisión sexual y todo ello se adjudica al carácter poco responsable de las relaciones coitales (Álvarez, 2014; citado por Peñate et.al., 2020). En cuanto a las poblaciones jóvenes, se declara el aumento de las relaciones de hecho o consensuadas y la disminución considerable de los proyectos de vida en conjunto, aunque van paulatinamente gestándose intereses comunes cuando avanza la edad. En consecuencia, por otra parte, se evidencia la postergación de formalizaciones y la creación de familia propia. En estos casos muchas veces las causas se deben a no contar con condiciones materiales mínimas para ello, por ejemplo, la no disponibilidad de espacio para vivienda y logro de la independencia (incluyendo economía) y en caso de avanzar hacia la etapa del ciclo vital concerniente al matrimonio, ocurre frecuentemente la convivencia de varias generaciones en un mismo hogar.
La familia es el primer grupo donde los seres humanos establecen relaciones interpersonales significativas. Resultan diversos los aspectos que influyen en la formación y desarrollo psicológico del futuro adulto, ya que el ser humano se encuentra plurideterminado por factores biopsicosociales; sin embargo, numerosos autores aseveran que la familia ocupa un papel decisivo en la consecución de un ambiente afectivo y educativo favorable a la etapa del desarrollo por la que transite el individuo. Por otra parte, para Forttes (citado por Placeres & De León, 2011) la familia es considerada como “el espacio donde se estructuran las primeras relaciones intergeneracionales y de género, se desarrollan pautas morales y sociales de conducta donde se vive la gratuidad, la solidaridad y la cooperación, en concordancia con el desarrollo individual y la realización personal.” (pp. 2).
Desde antes del nacimiento de los niños, la familia atribuye a estos un conjunto de expectativas, patrones de crianza y otros factores relacionados al género que se supone adopte futuramente la criatura, en función del sexo determinado biológicamente. La educación en el seno familiar, que se combina posteriormente con la educación escolar y el contexto socio-histórico en el que se desarrollan, sienta las bases sobre las que se edifica gradualmente la identidad personal de cada quien. Los primeros modelos a seguir en el proceso de socialización son las personas que conviven con ellos en el hogar, como los padres (que son las figuras principales), abuelos o tíos en una familia multigeneracional. Dichos modelos se reflejan en su comportamiento con el medio exterior. Según Bandura (1970, citado por Estrada, 2015), los estilos educativos y comportamentales son aprendidos por imitación: por ejemplo, cuando un progenitor violenta a algún miembro de la familia a los niños puede no agradarles, pero es muy común que cuando estos formen su propia familia lo repitan.
La heterogeneidad inherente a las familias puede facilitar la participación, en la crianza y sistemas de actividad y comunicación de los niños y adolescentes, de miembros alejados de lo prototípica y convencionalmente juzgado como “normal”, y son estos espacios de aprendizaje que la familia debe saber aprovechar de cara a la educación en valores como la tolerancia, la aceptación y el respeto a la diversidad, además de la admiración de su riqueza. De lo contrario, las actitudes inadecuadas de los padres (cuidadores fundamentales) como los desacuerdos en cuanto a los métodos educativos o transmisión de prejuicios, influyen negativamente en la crianza de los hijos, sobre todo si los hijos se autoperciben compartiendo características de aquellos miembros a los que se rechaza y evalúa negativamente. Si los adultos son inconsistentes en el planteamiento de las normas y reglas establecidas desde las edades tempranas, puede acarrear confusiones y actitudes desafiantes que se tornan más marcadas en el período de la adolescencia por las características propias de la etapa; o en un grado menos favorable, el clima familiar conflictivo o la inseguridad sentida por el menor pudieran provocar la formación de rasgos neuróticos y desencadenar alteraciones potencialmente psicopatógenas en el individuo (Anciano, Cano, Llerena, & Zaldívar, 2012). Más de una vez, el daño se ha manifestado como oposición de la autoimagen con la heteroimagen, desembocando en un fraccionamiento identitario y un sentido de pertenencia negativo.