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El más duro y devastador de los dolores

Categoría: 
Jornada Martiana

Autor: Osvaldo Verdura Cámara

En las canteras, lugar aquel que Martí compara con el infierno de Dante, acogía de la forma más sórdida y brutal a cualquier prisionero de la más diversa edad, raza y condición. Entre los compañeros de sufrimiento del Maestro se encontraba un anciano de 76 años de edad llamado Nicolás del Castillo con el que Martí comparte su primera experiencia desgarradora. El anciano, acusado de ser brigadier insurrecto, al ver a Martí, preso nuevo, joven y con uniforme sin estrenar, le tendió la mano con mirada compasiva y le dice:

-¡Pobre!, !Pobre! luego le muestra al joven las llagas que cubrían toda la espalda del anciano.
  -Pero eso ¿se lo han hecho aquí?, pregunta Martí
  -Hijo mío, quizás no me creerías. Que cualquier otro te diga por qué.

Esa fue la primera de incontables experiencias dolorosas que tuvo ese joven de 17 años de edad en las canteras de San Lázaro, donde conoció no solo a Nicolás del Castillo, también compartió su dolor con Juan de Dios Socarrás, Ramón Rodríguez Álvarez, el pobre negrito Tomás y Lino Figueredo con el que compartiera su más profundo dolor, Lino tenía solo 11 años de edad, enviado a las canteras sin saber el porqué, arrancado de los brazos de su madre y su padre y condenado a diez años de trabajos forzosos.

En las canteras Martí vio como moría su amigo Nicolás, observó su cuerpo todo el día en el suelo quemándose por el sol y vio también como Juan de Dios con cien años de edad era sometido a los más crueles trabajos junto huérfano Lino. Allí estuvo Martí presenciando desde la primera fila el verdadero rostro de la Isla, las más perturbadoras experiencias a la que podía ser sometido un hombre, débil de cuerpo pero de espíritu fuerte ante la injusticia y la crueldad; antes orgulloso que avergonzado de sus cadenas, que no eran más que señal de dolor y sufrimiento derramado por la patria. Las canteras dejaron en él, heridas que lo acompañaron toda su vida, su cojera eterna y lastimada visión fueron solo algunas de ellas.

Mientras que algunos héroes del 68 ganaron su prestigio y liderazgo a través de sus cicatrices en combate, él, sin lugar a dudas, podía igualar las mismas con las marcas de su espalda obtenidas en presidio o igualar el dolor de perder a un compañero en combate, con el de perder a un amigo en las canteras producto a la violencia a que fueron sometidos.

Después de cuatro meses y debido de la gravedad de las heridas provocadas por la cal y los grilletes, la familia mediante gestiones realizadas con el Capitán General y el arrendatario de las canteras José María Sardá, logra cambiar la condena de seis años de Presidio a la de deportado político a España, sin embargo antes iría a Isla de Pinos como confinado.

A la Isla llegó un día 13 de octubre de 1870 y es acogido por la familia Sardá en su finca familiar el Abra, aunque aún en condición de prisionero, allí Martí encontró el cariño y afecto de la familia que cuidó de su salud, además de una necesaria paz y tranquilidad que durante 65 días recuperaron la gravedad de sus heridas, aunque que no bastaron para su total recuperación, hasta que es llamado a La Habana para su deportación.

José Martí parte a España el 15 de enero de 1871 en el vapor Guipúzcoa con la temprana edad de 17 años, parte con la claridad de cuál era su misión en esta vida, la libertad de su amada patria, llevándose consigo como remo de proa el más rudo y devastador de los dolores, ese vivido por él y por sus compañeros de Presidio, a quien él debe su devoción y respeto, pero también se lleva el cariño de la familia que encontró en el Abra a quien le debe el más profundo de los agradecimientos ya que no posee nada más, porque su vida se la debe a su patria.

Y como expresión de su carácter resulta impresionante como el joven Martí relata parte de su dolorosa historia a quienes lo acompañaban en el vapor y al percatarse de que entre los pasajeros se encontraba el teniente coronel Mariano Gil Palacio, Comandante del Presidio, sin temor a represalias lo presentó y acusó como el máximo responsable de lo inhumano de la vida en el presidio. Así era Martí.

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