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Quien a su patria defender ansía

Categoría: 
Jornada Martiana

Autor: Yusuam Palacios Ortega

“Llegué, con el general Máximo Gómez y cuatro más, en un bote, en que llevé el remo de proa bajo el temporal…”  ¡Qué imagen la descrita por ese hombre que a sus 42 años mantenía el mismo espíritu, el mismo carácter, la misma convicción de sus 16 años! Era José Martí, el hombre más puro de la raza, como lo calificara Gabriela Mistral, el misterio que nos acompaña al decir de Lezama, el Delegado del Partido, el Maestro; pero para nosotros, en este instante, es tan solo Pepe Martí. ¿Cuánto lo conocemos?, ¿quién era en realidad ese hombre subversivo que siendo tan joven le quitó el sueño al oprobioso régimen? Hablar de Martí implica hurgar en sus esencias, pero de verdad; como cuando vamos conociendo a alguien muy cercano, con quien compartimos momentos intensos de la vida, anhelos, esperanzas; con quien llegamos a polemizar en pleno ejercicio del criterio.

Así queremos presentarlo, no como algo ya preestablecido, bajo tradicionales cánones sino como el inquieto joven que hizo una elección y fue consecuente con ella hasta el final. En él no hubo contradicción biológica, pensando en aquella frase de Allende; él era un joven revolucionario. Luego, muchas cosas que pasaron tienen ahí su explicación: en el carácter de Martí. Pudiera pensarse que Pepe Martí fue llevado al presidio, sí, con 16 años, sin haber hecho algo relevante desde el punto de vista penal para ser parte de un proceso de esa índole.

Creemos que Martí era un simple joven estudioso, que amaba a su familia, a la patria; que fue víctima del régimen colonial; y claro todo eso es cierto; pero hay en ese joven una convicción, movida por su carácter revolucionario, que lo impulsa a asumir una posición de lucha, que lo convierte en un conspirador, que bajo su condición de joven intelectual que va adquiriendo, se define desde el primer momento como un intelectual orgánico y comprometido con un ideal; defiende una verdad, hace parte de un hervidero de ideas volcánicas que estallaron el 10 de octubre de 1868 y seguían en creciente ebullición. El joven Martí, que se ha formado en la escuela de Mendive, y por ende, asimilado críticamente su cuerpo teórico y ético, el pensamiento electivo de los padres fundadores, ese sol del mundo moral; tomó partido tempranamente. Su “O Yara o Madrid” lo define, su incitación a la deserción llamándolo apóstata a quien fuera antiguo condiscípulo suyo Carlos de Castro y de Castro, lo consagra.

Tenía entonces 16 años, corría el año 1869, en Oriente se batían los mambises peleando por la libertad y la abolición de la esclavitud; y en La Habana colonial, y como indirectamente, se están dando vivas a la independencia. No olvidemos los sucesos del teatro Villanueva el 22 de enero de ese año, y como, en medio de la balacera que se suscitó, Doña Leonor sale en busca de su hijo Pepe Martí, quien tres días antes había publicado su primer artículo político en el único número de El Diablo Cojuelo, editado por Fermín Valdés Domínguez, su hermano de causa; y donde escribe, con una fabulosa ironía, propia de quien se está entrenando en el arte de la conspiración, acerca de la “libertad de imprenta”, la “libertad de reunión” y de aquellos, como él mismo les llama, “sensatos patricios” que solo tienen de sensatos lo que tienen de fría el alma, y tienen un ojo puesto en Yara y otro en Madrid.

Está muy claro Pepe Martí, sus 16 años son, en su etapa de formación, un reservorio de valores que tienen en el patriotismo militante su esencia primera. El joven Martí está consciente de la falacia que significa, por ejemplo, la dispuesta “libertad de imprenta”. Estas son sus palabras en El Diablo Cojuelo: “Esta dichosa libertad de imprenta, que por lo esperada y negada y ahora concedida, llueve sobre mojado, permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el Morro, por lo que dijo o quiso decir…”  

Es evidente como Martí se cuestiona, y lo así lo hace saber en este artículo, la supuesta libertad de imprenta o de expresión, pudiéramos llamarle hoy: “… Mas, volviendo a la libertad de imprenta, debo recordar que no es tan amplia que permita decir cuánto se quiere, ni publicar cuanto se oye.”  ¿Qué pasaba en verdad si lo que se decía era incómodo al régimen?, ¿cómo reaccionaba el Juzgado o la Fiscalía si lo dicho por alguien le picaba? Vemos como en las palabras que utiliza Martí hay una exquisita ironía, a la vez que denuncia la verdadera realidad que se vivía en Cuba, que expresa así su rechazo a la dominación, al sometimiento, a vivir sin libertad plena. Ese es el diablo cojuelo, que ni era diablo ni era cojo. Ese es el joven de 16 años que es hecho prisionero el 21 de octubre de 1869. ¡Qué carácter el de ese joven!

Creo estar viendo a Pepe Martí corriendo de un lugar a otro, haciendo gestiones, ultimando detalles; todo eso para que pudiera salir la publicación La Patria Libre, el 23 de enero de 1869; y donde publica su poema dramático Abdala, un canto al amor a la Patria de principio a fin. Pero este no era un amor simplón, superficial, de solo apego al terruño que lo vio nacer. El alcance y la profundidad de este amor era un compromiso con la verdad de su lucha, con la causa que lo motivaba a actuar como lo hacía, con las ideas que estaba defendiendo porque en ellas creía. Martí está definido, sabe cuál es su camino, él mismo hizo la elección. Martí pensó por sí, como primer deber de un hombre. Su amor a Cuba, expresado desde los recursos dramáticos y la sinceridad del teatro en el personaje de Abdala, es un amor bien enraizado, militante; “no es el amor ridículo a la tierra/ ni a la yerba que pisan nuestras plantas/ es el odio invencible a quien la oprime/ es el rencor eterno a quien la ataca” .

Por eso continúa diciendo en voz de voz de Abdala: “Quien a su patria defender ansía/ ni en sangre ni en obstáculos repara/ del tirano desprecia la soberbia;/ en su pecho se estrella la amenaza;/ y si el cielo bastara a su deseo/ al mismo cielo con valor llegara” . ¡Qué carácter el de este joven!; quien ha escrito ese propio año el soneto ¡10 de Octubre!, publicado en un periódico manuscrito llamado El Siboney. Luego, con estos antecedentes, ¿cómo sería visto el joven Martí por las autoridades del régimen? Pepe significaba para ellos un peligro, para el Cuerpo de Voluntarios al servicio del dominador con brazo de hierro ensangrentado (los mercenarios de entonces) una razón, solo una para criminalizar.

Es entonces que se descubre la famosa carta a Carlos de Castro y de Castro, tan breve como profunda. Bastaba solo una frase para ser juzgado: “¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba en la antigüedad la apostasía?” . Esto llenó la copa del régimen oprobioso, y los hermanos Fermín y Eusebio Valdés Domínguez son hechos prisioneros el 4 de octubre de 1869, detenidos en su propia casa, donde es encontrada la carta, y 17 días después detenían a Martí. Era el 21 de octubre cuando ingresa en la Cárcel Nacional, acusado del delito de infidencia.

Comenzaría el joven de 16 años a padecer lo que sería un dolor infinito, el del presidio. Unos días después de haber sido detenido, el 10 de noviembre escribe a su madre, muestra de ese carácter inquebrantable que lo definía como un revolucionario, como un cubano lleno de dignidad, como un hombre de verdad: “Mucho siento estar metido entre rejas;-pero de mucho me sirve mi prisión.- Bastantes lecciones me ha dado para mi vida, que auguro que ha de ser corta, y no las dejaré de aprovechar” . Este es Martí, quien a sus 16 años ya llevaba el remo de proa bajo el temporal, y todo por su Patria, a quien ansiaba defender.

 

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